Por Benjamín Castro

Los sacerdotes del liberalismo económico como Jeremías Bentham, basan sus ideas en la visión del ser humano como un animal regido por instintos y buscando siempre el placer mientras que, al mismo tiempo, la rehúye al dolor y a las dificultades.  Esa visión del hombre la heredaron de Aristóteles, el filósofo del imperio persa y del culto de Delfus, infiltrado en la academia de Platón.   De acuerdo  a esta visión, al ser humano se le puede manipular utilizando el “cálculo hedonista”, es decir, su propensión a buscar el placer,  la cual es siempre proporcional a los recursos con que cuenta para satisfacerlos, que son los que le sobran después de haber satisfecho otras necesidades semejantes. Si tiene dinero consumirá, pues   como diría el guro de los Chicago boys: “el dinero genera la propensión al consumo”.
Así que el “Buen Fin” está  basado en la idea de que, por un lado, los consumidores han vivido todo el año en condiciones económicas muy estrechas por falta de recursos y sus deseos se han visto reprimidos.  Si el llegar el fin del año se les entrega algo de liquidez y al mismo tiempo se les ofrecen objetos atractivos que les proporcionaran placer y a un precio mas bajo, entonces saldrán a consumir desesperados y si esos recursos no les alcanzan, entonces recurrirán al endeudamiento. La búsqueda de placer no quedará satisfecha con los escasos recursos que poseen los mexicanos y por lo tanto buscarán endeudarse.

Por supuesto, los comerciantes, que también han estado todo el año con ventas bajas, buscarán aprovechar ese periodo para sacar sus inventarios, vendiendo a precios más bajos pero asegurando al mismo tiempo una ganancia. Los beneficiarios reales serán los bancos, los cuales otorgarán los recursos adicionales a los consumidores y los harán pagar caro por ellos. Las tarjetas de crédito y los préstamos en general ofrecen “promociones”, pero los intereses son los mismos de siempre.
El método del Buen Fin viene de los Estados Unidos en donde cada “Black Friday”, los norteamericanos salen a comprar como las “bestias consumistas” que son porque han sido reducidos a ello, poco a poco,  desde los años 1940s, después de la muerte de Franklin Delano Roosevelt, cuando el pueblo norteamericano abandonó sus responsabilidades históricas y con la humanidad para entregarse al consumismo.