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Expreso del Progreso

El diario escrito desde la perspectiva del porvenir

mes

septiembre 2016

La soberanía crediticia

Por Juan José Mena Carrizales

La cuestión de la soberanía crediticia o el dirigismo económico que Roosevelt, White y Morgenthau defendieron es que se invierte en los sectores productivos que son necesarios para satisfacer demandas de la población, no solo se inyecta dinero a la economía para estimular la demanda como propone Keynes; sino se decide primero a dónde se dirige ese crédito.

Esa es la diferencia fundamental entre el Sistema Americano de Roosevelt y el modelo británico que propuso Keynes en las célebres conferencias del Bretton Woods.

Keynes no específica que se deba invertir en el sector productivo, sino en la demanda, o sea en el consumidor. El sistema americano especifica que es en el sector productivo es donde debe ser llevado a cabo dicha inversión.

Es una cuestión que genera efectos diferentes. Y es lamentable que la literatura económica que circula en Latinoamérica no hace la distinción. Dicen que Roosevelt es keynesiano; cuando en realidad hablamos de modelos que en el detalle se diferencian radicalmente.

Es como si un doctor dice: ese hombre está enfermo, inyéctenle medicinas (sin importar cuál, lo que requiere es muchas medicinas). Es inyectar dinero solo entregándoselo al consumidor. En cambio otro médico dice: “No, el medicamento que se requiere es el que va a estimular determinadas respuestas en el organismo”, siendo específico.

En el modelo de Roosevelt, se eligen las industrias que generan bienes tangibles (producción física e infraestructura) y servicios esenciales (educación, salud) para ser beneficiarias del crédito. La economía se orienta o dirige.

Tiene que ver con el ABC de la formación de capital. Los tres factores (capital o mejor bienes de capital, tierra o recursos y fuerza productiva) son interdependientes o multiconexos.

La producción de bienes de capital dependen de cierto grado de “ocio” en la fuerza de trabajo, estudiantes, investigadores, científicos que modifican la forma de producción, es decir descubren principios físicos que son incorporados a la producción.

La máquina de vapor, la electricidad, etc., elevan la productividad per cápita y por km2, generando “ocio”, pero ese ocio, no es ocioso, es lo que se requiere para seguir aumentando la productividad.

Para Marx una máquina reemplazaba mano de obra y era perjudicial. No es así, una máquina genera nuevos sectores económicos, por ejemplo para darle mantenimiento a la máquina.

Es como el caso del llamado “bono demográfico de México”. Jóvenes sin empleo parecieran un estorbo, cuando son un potencial si les pusiera en las universidades a generar ciencia básica y aplicada.

Desde la perspectiva del libre mercado, el desempleo simplemente está ahí como un potencial competitivo, pero en realidad desperdiciado. Desde la visión del dirigismo, simplemente hay que desencadenar el factor más importante de la economía con acciones de intervención estatal como educación y fomento al empleo: la creatividad humana.

MADERO, AMLO Y LA PROPUESTA DE TRANSICIÓN PACÍFICA

Por Sergio Barbosa*29 de agosto de 2016
Frederick Katz -a quien la historiografía de la Revolución Mexicana le debe bastante, por cierto- en su libro “La Guerra Secreta en México”, cita una entrevista realizada a Francisco I. Madero para el diario del magnate Hearts en 1911 en donde el “mártir de la democracia” describió lo que fue su audaz estrategia política previa a la revolución que echó del poder al dictador Porfirio Díaz. El contenido del documento es revelador en el sentido de que Madero no era para nada un ingenuo o un soñador idealista que no tenía una clara visión de las cosas, sino lo contrario. 
El autor así pues, nos comenta: “nada podría ser más erróneo que considerar ingenuas las actividades políticas y revolucionarias desarrolladas por Madero entre 1908 y 1910. Por el contrario, basó su estrategia en que el prerrequisito de una revolución victoriosa era una movilización política de la población”….y cita el extracto de dicha entrevista hecha al presidente Madero, quien dijo: “Al principio de la campaña política, la mayoría de los habitantes de nuestro país creían en la eficacia absoluta del sufragio como medio de lucha contra el general Díaz. Sin embargo, yo entendía que al general Díaz solo se le podría derrocar con la fuerza de las armas. Pero para llevar a cabo la revolución era indispensable la campaña democrática porque prepararía a la opinión pública y justificaría un levantamiento armado. Llevamos a cabo la campaña democrática como si no tuviéramos intención alguna de recurrir a un levantamiento armado. Nos valimos de todos los medios legales y cuando quedó claro que el general Díaz no respetaría la voluntad nacional (….) llevamos a cabo un levantamiento armado”.
La revolución de 1910 culminó con la derrota de Díaz quien debió exiliarse y morir en un país extranjero para nunca más pisar suelo mexicano. La estrategia inicial de Madero rindió sus frutos y con ello posicionó su nombre en las páginas de la historia. Su caída, prefigurada desde el mismo día que incluyó a uno de sus leales –Victoriano Huerta, quien desde en una posición estratégica lo traicionó-, no fue sino la consecuencia de una serie de tramas y argucias impuestas principalmente por los extranjeros quienes mantenían poderosos intereses económicos y geopolíticos en nuestro país. El desenlace de su muerte es lugar común. La historia nos muestra un lado sagaz y nada ingenuo de quien a su muerte sería considerado “el apóstol de la democracia”.
López Obrador, seguramente inspirado en la vida y obra de Madero, recurre a una estrategia igual o más sagaz al anteponer la pacificación y reconstrucción del país, a los prejuicios y rencores que buscan la prolongación del encono y la división, la polarización y el ánimo de venganza, estrategia que tanto la extrema derecha como la izquierda dizque radical no aceptan. 
En su discurso del 26 de junio pasado en la Ciudad de México, Andrés Manuel tendió la mano a quienes lo consideran un peligro a sus intereses, les dijo “Que se oiga bien y que se oiga lejos: No somos un peligro para México ni para nadie. El verdadero peligro para México es la corrupción y el autoritarismo de los gobernantes. Nosotros queremos cambiar a México por el camino de la concordia, del amor y de la reconciliación. Con la no violencia, con la razón y el convencimiento.”
Previo a ello, se refirió a Peña Nieto, a quien dedicó: “Para que se entienda mejor: estamos proponiendo que, en este último tercio de su mandato, Enrique Peña Nieto integre y encabece, en los hechos, un gobierno de transición, que permita entregar el mando, en el 2018, en un ambiente de tranquilidad y paz social, por el bien del pueblo y de la nación, ahí queda eso.”
Días después, en una ponencia titulada “Cambio y porvenir de México (Una visión hacia el 2018), que dictó en el ciclo de conferencias magistrales del programa de verano “Era familiar Princess 2016”, del pasado 11 de agosto, volvió a tender la mano a quienes detentan el poder y se sienten dueños del país. Dijo, “Ahora, de nueva cuenta, les decimos a los integrantes del grupo en el poder que, a pesar del gran daño que le han causado al pueblo y a la nación, no les guardamos ningún rencor y les aseguramos que, ante su posible derrota, en 2018, no habrá represalias o persecución para nadie. Declaramos esta amnistía anticipada porque lo que se necesita es justicia, no venganza. No odiamos a nadie. Sencillamente deseamos lograr el renacimiento económico, social, político, pero, sobre todo, moral de México. Dicho de otra forma, se trata de inaugurar una etapa nueva de la vida pública del país, con un presidente que no esté subordinado a ningún grupo de interés creado y que solo tenga como amo, al pueblo de México”.
La estrategia de Andrés Manuel coincide plenamente con los postulados maderistas, con su visión política de las cosas. Uno en su tiempo actuó sagazmente evitando cualquier conflicto con la dictadura porfirista, la cual, al no abrir la posibilidad de cambio pacífico no dejó más opción que la acción revolucionaria violenta que permitió dicho cambio. Ahora, Andrés Manuel, quien además de retomar el ejemplo de Madero, también es consciente de otro tipo de luchas insurgentes no violentas, como la lucha que libró Gandhi en la India, Martín Luther King en Estados Unidos, o Nelson Mandela en Sudáfrica, y que ayudaron a sus pueblos a liberarse de la opresión y la tiranía. 
El punto es si el régimen decide actuar como Porfirio Díaz en su momento; de manera intransigente, obtusa, inamovible, y llevar hasta las últimas consecuencias su fallido modelo, o bien, como en otros países cuya evolución política ha sido más rápida que la nuestra, abrirse al cambio y aceptar la transición propuesta por Andrés Manuel, que marcaría el principio de una nueva orientación económica y política en el país. ¿Podría ser esto posible? Por el bien de todos esperemos que sí. 
El autor es alumno de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM y militante de MORENA.
@morpheomty

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