Por Sergio Barbosa*29 de agosto de 2016
Frederick Katz -a quien la historiografía de la Revolución Mexicana le debe bastante, por cierto- en su libro “La Guerra Secreta en México”, cita una entrevista realizada a Francisco I. Madero para el diario del magnate Hearts en 1911 en donde el “mártir de la democracia” describió lo que fue su audaz estrategia política previa a la revolución que echó del poder al dictador Porfirio Díaz. El contenido del documento es revelador en el sentido de que Madero no era para nada un ingenuo o un soñador idealista que no tenía una clara visión de las cosas, sino lo contrario. 
El autor así pues, nos comenta: “nada podría ser más erróneo que considerar ingenuas las actividades políticas y revolucionarias desarrolladas por Madero entre 1908 y 1910. Por el contrario, basó su estrategia en que el prerrequisito de una revolución victoriosa era una movilización política de la población”….y cita el extracto de dicha entrevista hecha al presidente Madero, quien dijo: “Al principio de la campaña política, la mayoría de los habitantes de nuestro país creían en la eficacia absoluta del sufragio como medio de lucha contra el general Díaz. Sin embargo, yo entendía que al general Díaz solo se le podría derrocar con la fuerza de las armas. Pero para llevar a cabo la revolución era indispensable la campaña democrática porque prepararía a la opinión pública y justificaría un levantamiento armado. Llevamos a cabo la campaña democrática como si no tuviéramos intención alguna de recurrir a un levantamiento armado. Nos valimos de todos los medios legales y cuando quedó claro que el general Díaz no respetaría la voluntad nacional (….) llevamos a cabo un levantamiento armado”.
La revolución de 1910 culminó con la derrota de Díaz quien debió exiliarse y morir en un país extranjero para nunca más pisar suelo mexicano. La estrategia inicial de Madero rindió sus frutos y con ello posicionó su nombre en las páginas de la historia. Su caída, prefigurada desde el mismo día que incluyó a uno de sus leales –Victoriano Huerta, quien desde en una posición estratégica lo traicionó-, no fue sino la consecuencia de una serie de tramas y argucias impuestas principalmente por los extranjeros quienes mantenían poderosos intereses económicos y geopolíticos en nuestro país. El desenlace de su muerte es lugar común. La historia nos muestra un lado sagaz y nada ingenuo de quien a su muerte sería considerado “el apóstol de la democracia”.
López Obrador, seguramente inspirado en la vida y obra de Madero, recurre a una estrategia igual o más sagaz al anteponer la pacificación y reconstrucción del país, a los prejuicios y rencores que buscan la prolongación del encono y la división, la polarización y el ánimo de venganza, estrategia que tanto la extrema derecha como la izquierda dizque radical no aceptan. 
En su discurso del 26 de junio pasado en la Ciudad de México, Andrés Manuel tendió la mano a quienes lo consideran un peligro a sus intereses, les dijo “Que se oiga bien y que se oiga lejos: No somos un peligro para México ni para nadie. El verdadero peligro para México es la corrupción y el autoritarismo de los gobernantes. Nosotros queremos cambiar a México por el camino de la concordia, del amor y de la reconciliación. Con la no violencia, con la razón y el convencimiento.”
Previo a ello, se refirió a Peña Nieto, a quien dedicó: “Para que se entienda mejor: estamos proponiendo que, en este último tercio de su mandato, Enrique Peña Nieto integre y encabece, en los hechos, un gobierno de transición, que permita entregar el mando, en el 2018, en un ambiente de tranquilidad y paz social, por el bien del pueblo y de la nación, ahí queda eso.”
Días después, en una ponencia titulada “Cambio y porvenir de México (Una visión hacia el 2018), que dictó en el ciclo de conferencias magistrales del programa de verano “Era familiar Princess 2016”, del pasado 11 de agosto, volvió a tender la mano a quienes detentan el poder y se sienten dueños del país. Dijo, “Ahora, de nueva cuenta, les decimos a los integrantes del grupo en el poder que, a pesar del gran daño que le han causado al pueblo y a la nación, no les guardamos ningún rencor y les aseguramos que, ante su posible derrota, en 2018, no habrá represalias o persecución para nadie. Declaramos esta amnistía anticipada porque lo que se necesita es justicia, no venganza. No odiamos a nadie. Sencillamente deseamos lograr el renacimiento económico, social, político, pero, sobre todo, moral de México. Dicho de otra forma, se trata de inaugurar una etapa nueva de la vida pública del país, con un presidente que no esté subordinado a ningún grupo de interés creado y que solo tenga como amo, al pueblo de México”.
La estrategia de Andrés Manuel coincide plenamente con los postulados maderistas, con su visión política de las cosas. Uno en su tiempo actuó sagazmente evitando cualquier conflicto con la dictadura porfirista, la cual, al no abrir la posibilidad de cambio pacífico no dejó más opción que la acción revolucionaria violenta que permitió dicho cambio. Ahora, Andrés Manuel, quien además de retomar el ejemplo de Madero, también es consciente de otro tipo de luchas insurgentes no violentas, como la lucha que libró Gandhi en la India, Martín Luther King en Estados Unidos, o Nelson Mandela en Sudáfrica, y que ayudaron a sus pueblos a liberarse de la opresión y la tiranía. 
El punto es si el régimen decide actuar como Porfirio Díaz en su momento; de manera intransigente, obtusa, inamovible, y llevar hasta las últimas consecuencias su fallido modelo, o bien, como en otros países cuya evolución política ha sido más rápida que la nuestra, abrirse al cambio y aceptar la transición propuesta por Andrés Manuel, que marcaría el principio de una nueva orientación económica y política en el país. ¿Podría ser esto posible? Por el bien de todos esperemos que sí. 
El autor es alumno de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM y militante de MORENA.
@morpheomty